lunes, 5 de enero de 2015

TRADUCTORES DE LA VIDA

Recuerdo el día que Omar llegó a la consulta, me tendió varios documentos mientras al sentarse suspiraba como quien llega a la salida de un intrincado laberinto. Todo comenzó con una hemorragia rectal profusa y parecía haber llegado a su fin con un puñado de arrugados papeles sobre mi mesa y un “esto me han dado”.
imageDos documentos. Perfectamente redactados. Bien presentados con sus logotipos de
Osakidetza y del hospital y servicio de referencia. Con información clara y científicamente correcta sobre “recomendaciones para las dolencias hemorroidales y fisura anal”. En otro de ellos se planteaban las opciones terapéuticas y las distintas posibilidades quirúrgicas.
Omar estaba satisfecho por no seguir sangrando y más aún por haber llegado hasta aquí. Creo que no había entendido nada de todo lo que había pasado hasta ese momento y venía con la expectativa de que quizás yo pudiera decirle cuál era el siguiente paso de este juego de pistas.
Imagino a mis compañeros cirujanos coloproctólogos (¡menuda palabra!) en su consulta. Son buena gente, buenos compañeros (algunos amigos con los que hemos compartido horas de hospital y otras aventurillas) y buenos profesionales de exquisita eficacia técnica.
Eso sí, consultas con poco tiempo, cada día con un profesional distinto, teléfonos y buscas que suenan a la vez, enfermeras que circulan desaforadas y mesas llenas de papeles, muchos papeles de petición de pruebas, consentimientos y recetas. Igual me equivoco y las cosas han cambiado mucho de cuando yo era residente pero, me parece que ese sigue siendo el escenario habitual. Omar apenas pudo exponer dudas, no tiene un correcto castellano. Nadie supo que todavía no lee más allá de frases cortas. Y, como es amable, sonrió y dio las gracias al salir por la puerta.
Podéis imaginar cómo transcurrieron las cosas en la consulta del centro de salud. Allí tampoco nos sobra el tiempo, casi siempre estoy yo (la sustitución es un lujo), también suena el teléfono e intentó tener pocos papeles que me distraigan (ya está el ordenador). Espero que Omar entendiera la causa de su sangrado, cómo evitar los próximos y la idea clara de que si la cosa se pone peor ya hablaremos en su momento de las opciones quirúrgicas.
¿Quién no ha recibido en su consulta a esos pacientes que conoces desde hace años y que vienen a preguntarte “qué nos recomienda que hagamos, doctor”?. Son aquellos que han peregrinado por el medio hospitalario, se han expuesto a todo tipo de pruebas y finalmente vuelven a ti (quizás tu los mandaste) para preguntar, pensar en alto, expresar dudas y todo aquello que en la hostilidad arquitectónica del hospital nunca se atrevieron a pronunciar. Y yo me pregunto ¿por qué se guardan las preguntas difíciles para hacérmelas a mi? ¿Por qué aciertan a consultarme después de haber estado frente a la venerable evidencia científica?. Y pienso que tendré que formarme más… Y a la vez sé que lo que buscan no es sólo ciencia.
No puedo evitar que estas situaciones me resulten molestas. No puedo por menos de preguntarme por qué tengo yo que hacer el trabajo de otros. Me resisto a tener que responder las cuestiones que otros han esquivado. Me entristece comprobar el funcionamiento inexorable de la rueda sanitaria y comprobar cómo hay compañeros a los que todo esto les preocupa poco.
Me enfado… y a la vez pienso que eso es parte de lo que debe hacer un médico de familia. Algunas veces me toca poner comprensión a la difícil terminología científica (¡qué sorpresa cuando lo explique a un paciente lo que era la “dispepsia funcional”!); otras veces traducción al que desconoce nuestra lengua. En ocasiones asesorar en la difíciles opciones terapéuticas, en la decisión sobre si iniciar un nuevo fármaco o si entrar a un quirófano y, aún más difícil, abordar cuestiones desde la ética y la conciencia… a menudo bajo la socorrida pregunta de “si fuera su padre ¿qué haría?”.
No buscan evidencia ni ciencia sólo un poco de sentido común, alguien que escuche y sopese, que respete y acompañe.
Omar me hizo pensar que los médicos de familia somos, en definitiva, TRADUCTORES DE LA VIDA.

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