lunes, 26 de enero de 2015

Palabras como dardos

¡Muy buenas noches! Gracias por compartir vuestro tiempo conmigo un domingo más.
Ángeles
El post de hoy es muy especial. Viene de la mano de “Una madre más” y os va a emocionar especialmente. Creo que es uno de los grandes regalos que da el compartir espacios como éste: el poder mejorarnos a través de la experiencia del otro. En este caso en concreto, el tomar conciencia de cómo nuestras palabras, especialmente si vienen de personas con tanta responsabilidad como la que tenemos los profesionales sanitarios, pueden sanar o herir, según elijamos.
Deseo que os guste y sepáis extraer la esencia. Un abrazo, de esos que hacen vibrar…
“Cuando entré por la puerta del despacho de aquel reputado neurólogo noté como las piernas me temblaban, sentí las manos frías y cómo la sangre descendía desde mi cara a mis pies. Pude identificar que todos esos síntomas eran causantes del miedo, de algo me servía haber estudiado educación emocional, como mínimo podía reconocer qué me estaba pasando. Pero aún así eso no fue suficiente para poder calmar la ansiedad que aumentaba por segundos. Quise encontrar un poco de calma en la mirada de mi compañero pero no la hallé. Él evitaba el contacto visual y sentí que a él también le estaban invadiendo un sinfín de emociones. Respiré hondo y apreté fuertemente mis manos para infundarme un valor que me estaba costando tanto encontrar y entonces miré al médico. Él permanecía sentado, ajeno a todo lo que estábamos sintiendo, escribiendo absorto algunas notas a mano. Así que el miedo creció más y más y me sentí pequeña como el cuerpo que mecía entre mis brazos y me adentré en sus ojos. Miré a mi pequeña intentando contagiarme de su calma, de su respirar pausado queriendo memorizar cada detalle de sus facciones. Un movimiento de cabeza del médico me hizo volver al presente y vi cómo se levantaba y nos saludaba con un encaje de manos enérjico que transmitía seguridad.
Los saludos fueron correctos y rápidos y en seguida nos encontramos hablando sobre el motivo de la consulta. El neurólogo emitió una serie de preguntas rápidas que requerían respuestas concretas. A medida que el interrogatorio se alargaba las miradas con mi compañero eran más insistentes, queríamos hacer anotaciones pero tampoco osábamos romper el aire científico que se respiraba en el ambiente. La causa quedó clara immediatamente: estábamos allí porque “un lactante de cuatro meses no aguantaba la cabeza presentando síntomas severos de hipotonía”.
Llegado a este punto de tecnicismos sentí unas ganas enormes de gritar. Mi bebé no era un lactante en genérico! Era mi segunda hija, única en el mundo, con nombre y con personalidad propia. No aguantaba la cabeza pero deseaba hacerle entender a ese profesional de manos grandes que su sonrisa lo inundaba todo!
Mientras yo gritaba sin abrir la boca, el neurólogo pasó a hacer la revisión oportuna manipulando a mi hija, lactante para él.
Después de unos minutos eternos en los que le hizo pruebas sin tan siquiera dirigirse a mi hija ni una sola vez dudé que ese profesional pudiera tener una vida paralela con familia. ¿Podía sostener a un bebé de cuatro meses entre sus manos sin ser capaz de mostrar una pizca de afecto? Me estaba intentando convencer que el médico era un buen profesional y que él estaba allí no para darle afecto a mi hija sinó para dar su visión como profesional cuando sus palabras retumbaron en mi cabeza. Sin preámbulos dictaminó sus conclusiones: “Me he encontrado en más de una ocasión con niños que con los mismos síntomas son retrasados”. Lo que dijo después quedó en una nube difusa. No pude atender a nada de lo que aquél hombre me explicaba. Llegados a este punto las lágrimas ya no pudieron contenerse. Mi bebé, mi hija, era calificada como retrasada. Tantos años intentando concienciar a mis compañeros de la educación sobre la importancia de no etiquetar, de separar la palabra “ser” de los calificativos con los niños y justo delante mío tenía a uno de los mejores neurólogos estampándome toda la teoría en mi cara.
Salimos de la consulta como si nos hubieran dado una paliza, la mayor paliza de nuestras vidas. Supimos en tan sólo unos instantes que las personas que habían entrado a esa consulta distaban mucho de ser las mismas personas que salían.
De camino a casa el silencio se apoderó de nosotros y trajo consigo la tristeza y la rabia.
Las palabras tienen un poder increíble y más cuando el que las emite tiene la condecoración de ser un “buen profesional”. Las palabras hicieron que durante días viera los defectos de mi pequeña por encima de sus potencialidades. Las palabras hicieron que llorara la pérdida de la idea de una hija que podría salirse de todos los obstáculos que la vida le pusiera. Las palabras se me presentaron cada noche en sueños como una sentencia sin margen al cambio.
Hoy hará dos meses de esa visita y tenemos la sensación de estar transitando por un desierto de dolor muy árido. Afortunadamente nos estamos encontrado con profesionales que como si de oasis se trataran nos han ofrecido palabras de esperanza y de calma que han aportado color a nuestro hogar. Nos quedamos con estas últimas palabras pues tenemos la sensación que llevan más nutrientes para el alma y el crecimiento de nuestra pequeña.”
El post de hoy es muy especial. Viene de la mano de “Una madre más” y os va a emocionar especialmente. Creo que es uno de los grandes regalos que da el compartir espacios como éste: el poder mejorarnos a través de la experiencia del otro. En este caso en concreto, el tomar conciencia de cómo nuestras palabras, especialmente si vienen de personas con tanta responsabilidad como la que tenemos los profesionales sanitarios, pueden sanar o herir, según elijamos.
Deseo que os guste y sepáis extraer la esencia. Un abrazo, de esos que hacen vibrar…
“Cuando entré por la puerta del despacho de aquel reputado neurólogo noté como las piernas me temblaban, sentí las manos frías y cómo la sangre descendía desde mi cara a mis pies. Pude identificar que todos esos síntomas eran causantes del miedo, de algo me servía haber estudiado educación emocional, como mínimo podía reconocer qué me estaba pasando. Pero aún así eso no fue suficiente para poder calmar la ansiedad que aumentaba por segundos. Quise encontrar un poco de calma en la mirada de mi compañero pero no la hallé. Él evitaba el contacto visual y sentí que a él también le estaban invadiendo un sinfín de emociones. Respiré hondo y apreté fuertemente mis manos para infundarme un valor que me estaba costando tanto encontrar y entonces miré al médico. Él permanecía sentado, ajeno a todo lo que estábamos sintiendo, escribiendo absorto algunas notas a mano. Así que el miedo creció más y más y me sentí pequeña como el cuerpo que mecía entre mis brazos y me adentré en sus ojos. Miré a mi pequeña intentando contagiarme de su calma, de su respirar pausado queriendo memorizar cada detalle de sus facciones. Un movimiento de cabeza del médico me hizo volver al presente y vi cómo se levantaba y nos saludaba con un encaje de manos enérjico que transmitía seguridad.
Los saludos fueron correctos y rápidos y en seguida nos encontramos hablando sobre el motivo de la consulta. El neurólogo emitió una serie de preguntas rápidas que requerían respuestas concretas. A medida que el interrogatorio se alargaba las miradas con mi compañero eran más insistentes, queríamos hacer anotaciones pero tampoco osábamos romper el aire científico que se respiraba en el ambiente. La causa quedó clara immediatamente: estábamos allí porque “un lactante de cuatro meses no aguantaba la cabeza presentando síntomas severos de hipotonía”.
Llegado a este punto de tecnicismos sentí unas ganas enormes de gritar. Mi bebé no era un lactante en genérico! Era mi segunda hija, única en el mundo, con nombre y con personalidad propia. No aguantaba la cabeza pero deseaba hacerle entender a ese profesional de manos grandes que su sonrisa lo inundaba todo!
Mientras yo gritaba sin abrir la boca, el neurólogo pasó a hacer la revisión oportuna manipulando a mi hija, lactante para él.
Después de unos minutos eternos en los que le hizo pruebas sin tan siquiera dirigirse a mi hija ni una sola vez dudé que ese profesional pudiera tener una vida paralela con familia. ¿Podía sostener a un bebé de cuatro meses entre sus manos sin ser capaz de mostrar una pizca de afecto? Me estaba intentando convencer que el médico era un buen profesional y que él estaba allí no para darle afecto a mi hija sinó para dar su visión como profesional cuando sus palabras retumbaron en mi cabeza. Sin preámbulos dictaminó sus conclusiones: “Me he encontrado en más de una ocasión con niños que con los mismos síntomas son retrasados”. Lo que dijo después quedó en una nube difusa. No pude atender a nada de lo que aquél hombre me explicaba. Llegados a este punto las lágrimas ya no pudieron contenerse. Mi bebé, mi hija, era calificada como retrasada. Tantos años intentando concienciar a mis compañeros de la educación sobre la importancia de no etiquetar, de separar la palabra “ser” de los calificativos con los niños y justo delante mío tenía a uno de los mejores neurólogos estampándome toda la teoría en mi cara.
Salimos de la consulta como si nos hubieran dado una paliza, la mayor paliza de nuestras vidas. Supimos en tan sólo unos instantes que las personas que habían entrado a esa consulta distaban mucho de ser las mismas personas que salían.
De camino a casa el silencio se apoderó de nosotros y trajo consigo la tristeza y la rabia.
Las palabras tienen un poder increíble y más cuando el que las emite tiene la condecoración de ser un “buen profesional”. Las palabras hicieron que durante días viera los defectos de mi pequeña por encima de sus potencialidades. Las palabras hicieron que llorara la pérdida de la idea de una hija que podría salirse de todos los obstáculos que la vida le pusiera. Las palabras se me presentaron cada noche en sueños como una sentencia sin margen al cambio.
Hoy hará dos meses de esa visita y tenemos la sensación de estar transitando por un desierto de dolor muy árido. Afortunadamente nos estamos encontrado con profesionales que como si de oasis se trataran nos han ofrecido palabras de esperanza y de calma que han aportado color a nuestro hogar. Nos quedamos con estas últimas palabras pues tenemos la sensación que llevan más nutrientes para el alma y el crecimiento de nuestra pequeña.”

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